El encanto del Huaruro Autor: Walter Tinta Junco Escribanos sus comentarios en: wtinta26@yahoo.es o waltertinta@hotmail.com El pueblo de Cabanaconde sufrió una convulsión al enterarse que el señor cura había preñado a una indígena, huérfana de padres, quien desde muy tierna edad trabajaba como sirvienta en la casa cural. El párvulo murió a pocos días de haber nacido y a quien el tatacura no quiso echarle el responso, eso enardeció a la población. Con el tañido de campanas a rebato, los pobladores se reunieron en la plaza mayor, acordando expulsar al párroco, por abusivo y pecador, y además, confiscar las cuantiosas chacras asignadas a los santos y vírgenes, que el presbítero usufructuaba. Lo montaron en un burro y entre gritos de reproche lo despacharon con destino a Chivay.
Desde entonces la población no podía celebrar las fiestas de sus santos patrones, ni escuchar misa, ni casarse, ni bautizarse. Sabiendo del modo de justicia que practicaban los cabaneños, ningún cura se atrevía a ocupar esa parroquia. Sin embargo, después de mucho tiempo apareció en el pueblo un curita muy joven e inquieto, a veces vestía de sotana pero en muchas otras se le veía vestido con pantalones vaquero, casaca de cuero, igual que cualquier otro muchacho del pueblo, incluso compartía las fiestas populares en donde se le veía tomar sus cervezas y bailar sus huaynos. La gente lo miraba con recelo, por que nunca habían tenido un curita bailarín y bebedor, pero la mayoría lo estimaba por que era sincero y dinámico, había conseguido en donación una camioneta de segunda mano para apoyar a la comunidad, fundó la casa de las madres donde hacían hilados y tejidos, cuyos productos llevaba a la ciudad para vender, trayendo algunas ganancias para distribuir entre las madres. En la casa cural organizó un servicio de comedor muy económico donde los profesores y los policías tomaban sus alimentos, también organizó la cena gratuita para los ancianos abandonados, y de vez en cuando llegaban donaciones de ropa usada y comestibles como harina, leche en polvo y aceites.
Dichos productos también eran llevados a los pueblos vecinos como Llatica, Choco, Furi, Tapay, entre otros, donde la población lo recibía como al mismo pontífice, con, ramos y lluvia de flores. El curita, en uno de sus viajes atraído por ciertas historias de aparecidos y encantos que había escuchado, se propuso visitar la catarata de Huaruro. Después de una larga caminata por senderos tortuosos, llegó hasta las cercanías de la famosa catarata, y quedó extasiado por su belleza. Desde lejos se podía sentir las vibraciones del estruendoso impacto de la caída de los chorros de agua, que al chocar contra las rocas hacía retumbar hasta el alma, el agua se atomizaba y se convertía en una llovizna de diminutas gotas y blancos copos de nubes que se alzaban como brazos que atraían a su torbellino.
El aire húmedo alimentaba un bosquecillo de cantutas cargadas de racimos de flores rojas, y donde a su vez crecían jugosas plantas acuáticas que al salir al la luz diurna regalaban hermosas flores perfumadas, semejantes a nenúfares. Vio como los peces surgían del agua haciendo piruetas en el aire como agujas plateadas, cómo los colibríes agitando sus diminutas alas se mantenían en el aire, avanzando, retrocediendo o detenidos en pleno vuelo para chupar el néctar de las flores, el croar de las ranas que en un coro caótico de sonidos parecían preguntar y responderse con sus semejantes, veía como los patos llegaban en parejas y entendió que algunos animales también practicaban la monogamia igual como debían hacer los humanos. Ensimismado y sumido en sus fantasías, de ves en cuando volvía a la realidad al sentir la picadura de algún mosquito. El sol ya casi oculto por los empinados cerros, lanzaba sus últimos rayos, cuando pensaba en el regreso antes de que la oscuridad lo atrape, sintió la sensación de ser observado por alguien, con su mirada escrutó palmo a palmo los bosques, las paredes rocosas y hasta los gigantescos chorros que caían desde lo alto del Huaruro, cuando entre los roquedales y la maraña de arbustos divisó la figura de una grácil mujer, casi una niña, cubierta apenas por su larga cabellera. El novicio sacerdote quedó sobrecogido y extasiado de la belleza que irradiaba la joven mujer.
En su intento de acercársele, la imagen de la niña desaparecía en el agua, y volvía a aparecer sobre una piedra o hacia su derecha o hacia su izquierda, y así fue sucediendo el juego hasta que llegó la noche y la luna fue elevándose al firmamento para alumbrar con su luz plateada.
En el pueblo lo esperaban al curita para celebrar algunos bautizos y responsos, pero no llegó, al día siguiente fueron a buscarlo, y lo encontraron tendido a las orillas del Huaruro. Estaba inconsciente, pero su rostro revelaba un mohín de alegría y satisfacción, lo llevaron al pueblo y lo abrigaron. El cura resucitó pero no contó nada, dijo simplemente que al bañarse había resbalado y quedó desmayado en las orillas de la poza.
De regreso en Cabanaconde al cura lo vieron entrar solitario repetidas veces a la iglesia donde permanecía constricto y arrodillado durante horas frente al altar de la Virgen del Carmen, otras veces se le veía muy triste y con sufrimiento en el rostro, también entraba y salía de la sacristía como si buscase algo o a alguien. Dejó de ser el cura bailarín, había cambiado por completo volviéndose huraño y poco comunicativo. Las misas lo celebraba muy rápido y ya no leía los santos evangelios con la pasión de antes. Una tarde lo vieron partir sin rumbo conocido, no era una hora apropiada para el viaje, por lo que la gente observó con curiosidad. Tomó el camino hacia Furi. Al llegar al fondo del cañón ya entrada la noche y a la a luz de la luna, se ubicó en medio del puente colgante sobre el río Colca, miró a uno y otro lado, cuando de pronto apareció un hombre, juntándose ambos en el centro del puente, luego de una breve conversación, el misterioso hombre desapareció de súbito en la penumbra y el cura continuó su viaje. Pasó el pueblo silenciosamente y llegó directamente al Huaruro, donde llamó con silbidos y gritos que se confundieron con el ruido de la catarata, cuando desde las profundidades del agua surgió una hermosa mujer. Era ella, se abrazaron se besaron navegaron por las profundidades de la laguna al pie del Huaruro, era la sirena de quien se había enamorado el joven cura. Allí solía pasar mucho tiempo, días semanas y quizás meses. El cura había vendido su alma al diablo para vivir en felicidad y rodeado de lujos y riquezas a cambio de pagar con su vida. Olvidándose de los pobres, mandó a fundir el cáliz de la iglesia para fabricar una corona de oro con aplicaciones de esmeraldas, como obsequio a su amada. Llegado el día en que debía pagar el pacto con el diablo, el cura tenía que ir al mismo puente donde vendió su alma, pero prefirió escaparse tomando el camino opuesto para no encontrase con el diablo. Ese día muy temprano encendió su camioneta y se fue en dirección a Chivay. Cuando pasaba por la Cruz del Cóndor, un gringo le solicitó para que le dé una jaladita hasta otro pueblo, el cura accedió y se sentaron juntos; cuando no habían recorrido mucho trecho el curita le preguntó al fortuito pasajero a donde iba, el viajero le respondió que tenía un asunto que resolver en el río pero que había preferido hacer un poco de turismo, entonces ambos se miraron de reojo, el cura se dio cuenta que su acompañante tenía pelos en el cuerpo, y una larga cola, era el diablo.
Ese día corrió la trágica noticia dando cuenta de que el curita junto con un turista se había desbarrancado en un carro, rodando cerca de 1500 metros hasta llegar a las orillas del río Colca. Desde entonces, dicho lugar tiene por nombre “El Mirador del Cura”.
Los pobladores cuentan que después de este trágico accidente, en el Huaruro por las noches se escucha el melancólico canto de una mujer que llora reclamando a su amado.
De esta historia ha salido una canción que en quechua dice. “huaruro mayupatapes hay palomita sirena huaccashan imamantas canman, huarmayanse mana cutimuncho, imamantas canman, soncco rurunsi llaquimanta huañun”. Y por fuga compusieron: C abanaconde mejor que Lima Cabanaconde mejor que Lima, castellanopas moteyocc, señor curapas huarmeyocc. |
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