LA ENCOMIENDA

Por: Walter Tinta Junco

Eleuterio Llasaca era el mayor de cinco hermanos, tenía 12 años cuando cursaba el cuarto de primaria en la escuela fiscal del poblado de Cherjac.

Desde transición destacó en aritmética y educación física, disciplinas donde sacaba altos calificativos, fue alumno predilecto del profesor don Constantino Téllez, normalista urbano, quien decía que este muchacho llegaría a ser un gran profesional y sin duda una gran autoridad de la provincia. Eleuterio, salía a declamar o actuar en todas las efemérides y celebraciones escolares; era él quien llevaba el estandarte nacional en los desfiles,  en los campeonatos deportivos era brillante sobre todo en el box, pese a que no era muy alto ni fortachón, era buen peleador, tenía buena zurda, en toda la provincia no había contendor, noqueaba a cuanto oponente se le presentaba; no obstante, era un compañero querido y respetado.

Era un muchacho extrovertido, alegre y acriollado, aprendió a bailar el twis y rock and roll, cuando sus compañeros preferían solo el huayno.

Desde pequeño acompañó a su padre por la ruta del comercio hacia Majes, Camaná o Arequipa, por eso tuvo siempre la ilusión de salir del pueblo, estudiar en un centro superior para ser profesional y regalar a su padre el caballo de paso más brioso y veloz, para su madre y hermanos menores comprarles una casa ubicada en Lima o Arequipa, más bonita que la iglesia del pueblo. Él soñaba con ser aviador, comprarse un avión a chorro, con el cual solito podría declararle la guerra a los chilenos y recuperar el Morro de Arica. Por su forma de ser, inquieto, inteligente y colaborador, sus padres lo querían hasta engreírlo. Era el único que tenía pelota de cuero y bicicleta, vestía ropas de vaquero que su papá traía de Majes, usaba sombrero de copa puntiaguda y ala ancha por lo que le decían el “coboy” (cowboy).

Cuando empezaba a cursar el quinto año de primaria, la vida de Eleuterio dio un giro brusco, al fallecer su padre en manos de asaltantes, cuando traía cañazo de Majes. Empezaron los sufrimientos del otrora engreído y ahora huérfano muchacho. La madre no supo darle la disciplina y el apoyo económico necesarios, entonces Llasaca empezó a desmejorar en sus estudios, por ejemplo ciertos días faltaba a clases, se iba a los “solay” (sembrío de maíz) donde quería aprender a agarrar el arado y convertirse en “gañán”, de allí regresaba con los bolsillos llenos de cancha con queso, que se había ganado por ser buen guiador. También se iba para Ayón, huerto ubicado en las profundidades del Cañón Colca, donde cosechaba naranjas, higos, guayabas, pepinos, cidras, granadillas, entre otras frutas, que los vendía en el pueblo y una parte los obsequiaba a sus profesores y compañeros. Otras veces su madre le imponía algunas tareas domésticas, mientras ella se ocupaba de las labores de labranza o de la cosecha, Eleuterio tenía que ayudar en la casa atendiendo a sus hermanos menores, o cuidando de las vacas y las mulas que su padre había dejado, tareas que le desagradaban por que le separaban del estudio.

Cierto día se le vio acercarse a la madre de Eleuterio hacia la dirección de la escuela. Hablaron con el profesor don Constantino Téllez. La madre se quejó de la poca colaboración que recibía de su hijo mayor, y le solicitó su autorización para que abandone los estudios. Sabiendo de los malos momentos que le tocaba vivir a Eleuterio y de las buenas dotes de su mejor alumno, el profesor le aconsejó a la madre hacer un último esfuerzo para que su hijo termine sus estudios, ofreciéndole ayuda, a la mujer se le vio salir llorando de la dirección. Después de esa conversación Llasaca asistió regularmente a la escuela, pero ya no era el muchacho juguetón y amiguero, se puso muy serio, pocas veces aceptaba salir en actuaciones y a veces golpeaba por gusto a sus compañeros. Al final del año escolar obtuvo el primer puesto y le dieron la beca para estudiar en el Colegio Independencia. En la clausura del año escolar avisó a sus compañeros que terminando su secundaria estudiaría para ser aviador.

Al poco tiempo de la clausura escolar, Llasaca desapareció del pueblo, después se supo que se había escapado para Arequipa, por que su madre no quería ayudarle en sus estudios secundarios. En su huida le había robado algunas monedas de nueve décimos y dos libras esterlinas que su madre guardaba como única herencia recibida de sus padres.

En Arequipa tuvo que trabajar para sobrevivir y comprar sus útiles y enseres para entrar a estudiar como interno en el colegio Independencia; tuvo muchos oficios y mil necesidades, al principio se empleó en una panadería, donde tenía por tarea alimentar durante las noches con tola y yareta para calentar el horno, y en la madrugada debería salir en un triciclo a vender pan caliente, pero un día le robaron el triciclo y tuvo que trabajar gratis por varios meses. Se consiguió otro trabajo de cuartelero en el hotel Savoy, de donde salió escapándose por que le echaron injustamente la culpa de un robo.

Después de muchas vicisitudes, gracias a la recomendación de su profesor don Constantino Téllez, entró a trabajar en el Club Internacional, donde le encargaron la limpieza de la biblioteca, oportunidad que aprovechó para encontrarse con la cultura y leer a José Carlos Mariátegui, Cesar Vallejo, Gonzáles Prada, Antonio Raymondi, entre otros autores nacionales, pero quien más le impresionó fue Víctor Hugo, con su obra Los Miserables, germinando en él sentimientos de igualdad y justicia.

Para estudiar en el colegio Independencia tuvo que abandonar el trabajo. Su condición de becado le liberaba de muchos gastos como la pensión escolar y los alimentos, pero a cambio debería de obtener muy buenas notas. Después de más de un año de sacrificios, un buen día Eleuterio se vio con su uniforme de alfeñique asistiendo a sus clases de secundaria. El se sentía como si fuera ya un profesional o un ganador de un mundial de fútbol, sentía orgullo de sus éxitos y pena a la vez por ser solitario y quizás hijo olvidado. A pesar de todo, desde un principio supo responder al desafío. No obstante que Llasaca era un serrano blanquiñoso, sus compañeros lo miraban con cierto prejuicio, le choleaban, pero para evitar maltratos raciales nunca había dicho que era de Cherjac, sino de la costa, de Ayón, ubicado en las cabeceras de Majes donde él decía que sus padres tenían una  hacienda, donde crecía plátanos, chirimoyas y donde tenía muchas vacas y caballos. Efectivamente Llasaca se iba ganando adeptos y consideración de los recalcitrantes arequipeños, poco a poco sus compañeros lo admitieron en el grupo e incluso llegó a ser el brigadier de la clase.

Después de varios años, en su pueblo no se sabía nada de él, entonces su madre preocupada decidió viajar hasta la ciudad de Arequipa al encuentro de su hijo, preparó unos dos quintales de chochoca, fue a la huerta y trajo unos cuatro cerones de naranja, de la truja desgranó tres arrobas de maíz, con la venta de dichos productos obtendría plata para sus pasajes y para comprarle algo para su hijo, además preparó tostado de maíz blanco especial, agregándole un molde de queso y charqui lo cosió en una tela blanca, sería el regalo para su hijo. Luego de viajar a pie durante tres días y dos noches, desde Pampa de Arrieros se embarcó en tren hacia Arequipa. Inmediatamente que llegó para la ciudad, la mujer se alojó en el Tambo Manrique y guardando sus bultos, fue a ver a su hijo para abrazarle y entregarle su regalo.

Se presentó en la puerta principal del colegio, explicando al portero que venía en busca de su hijo, solicitando  que le dejara ingresar; el portero no podía entender el mensaje de la extraña mujer que solo hablaba quechua, pero ante tanto ruego se compadeció y le hizo pasar a la recepción.

Al cabo de un tiempo, Eleuterio se acercó hacia la dirección, rodeado de un tropel de muchachos. La madre desde el interior del pasillo, a través de los vidrios de la ventana, reconoció en la multitud a su hijo y vio avanzar por el patio hacia ella, su corazón latía aceleradamente, de sus ojos brotaron lágrimas de alegría, en su memoria surgieron mil recuerdos, vio que se paresia más y más a su extinto esposo. Cuando ambos se vieron cara a cara, ella quiso acercase y abrazarlo, pero en ese instante en los pasillos del colegio se escucharon gritos que retumbaron  ¡¡¡¡ Eleuterio es serrano!!!, ¡¡¡¡ Eleuterio es serrano!!!, ¡¡¡¡ su mamá es una india !!!, ¡¡¡¡ su mamá es una india !!!. Eleuterio sobrecogido con los gritos y al ver a su madre en estado deplorable, no sabía si acercarse o no. Vio a una mujer delgada, con algunas arrugas en la cara, escasos dientes y ojos rojizos, sus pelos canosos separados en dos trenzas se ocultaban bajo un sombrero raído, vestía atuendos típicos de su pueblo, usaba blusa de franela y pollera roja de bayeta con bordados, calzaba ojotas y en su brazo sostenía un pequeño bulto, era la encomienda. En el momento en que ella quería ofrecerle el presente, Eleuterio le lanzó una mirada fulminante de reproche, disimuladamente le dijo en quechua que se fuera, reclamándole por qué había ido al colegio, y que se vaya. La vieja entendiendo su imprudencia, de haber hecho pasar vergüenza a su querido hijo, se retiró afligida y en silencio, se perdió con pasos apresurados, pero con el sufrimiento en su corazón de no haber podido abrazar a su querido hijo y no haber podido entregarle la preciada encomienda.

Los compañeros de Llasaca y especialmente sus enemigos, a quienes les había ganado en deportes y en estudios, le hicieron cargamontón, le acusaron de serrano y de indio, de quechua-hablante, de tener una madre polleruda. Ante la acusación negó que fuera su madre, explicó de mil maneras que se trataba de una sirvienta que había traído encargo desde su hacienda, pero no pudo convencer a sus inquisidores. Y al no poder resistir las incesantes injurias de sus colegas, a poco de concluir el cuarto año tuvo que retirarse del colegio.

Después de varios años y muchas vicisitudes pudo terminar sus estudios secundarios y continuar con los estudios superiores. Más tarde alcanzó ser un brillante abogado y precisamente cuando iba a recibir el cargo de Presidente de la Corte Suprema, le avisaron que su madre agonizaba en su pueblo natal. Envió al Poder Judicial una carta rechazando el alto cargo. Cuando llegó a su pueblo se acercó presuroso al lecho donde agonizaba su anciana madre, ella al ver a su hijo se alegró dibujándose una débil sonrisa en su arrugado rostro, tomó ambas manos de su hijo, sus labios balbucearon algo ininteligible, lanzó una última mirada y sus ojos se cerraron para siempre. A Eleuterio le brotaron gruesas lágrimas, en su garganta se formó un nudo y vivió sentimientos encontrados, quedó en deuda con su madre a quien alguna vez la había negado y de cuyo hecho nunca pudo perdonarse. Miró a su alrededor y vio que sus hermanos estaban parados junto a él, vestidos con sus ponchos, ellos habían acompañado a su madre, habían cuidado de los animales y cultivado las chacras que el padre les había dejado. Entonces pensó de qué sirve en la vida tanto sacrificio, tanta preparación, tantos éxitos; si todo ello no compensa el haber vivido lejos del terruño y separado de sus seres queridos.