EDUCANDO AREQUIPEÑOS.

Por Eloy Lima


¿Qué nos hace a los peruanos ceder  continuamente ante el facilismo de hacer a un lado las elementales normas públicas de higiene, buena vecindad, pudor etc, y dar paso a lumpenescas actitudes cuando alguien nos las recuerda? El asunto viene de bien atrás y sus consecuencias son como el cambio climático. Caemos en cuenta cuando el tema ya está muy avanzado, pero no nos rectificamos si el vecino no lo hace, y esto es, verificamos antes, que el mencionado vecino no sea calificado de inocente, por no emplear otro término más duro.

 

Mi amigo Martín Rodríguez Salazar, que tiene una columna en el diario Correo de Arequipa, relata un caso personal en el que, recorriendo una céntrica calle de la ciudad de Arequipa, observa a un varón que camina con su menor hijo, el cual consume un plátano, a cuyo término arroja la cáscara al piso. Martín, que radica buen tiempo en la ciudad del Misti y es abogado de profesión, le hace ver, según su relato, al padre de familia que debe enseñar a su hijo a no arrojar basura a la calle sino reservarla hasta  colocarla en el depósito de basura más cercano. Arequipa los tiene como cualquier otra ciudad bien organizada. La reacción del orgulloso y recio cholo no se hace esperar. ¿ Quien m...da es usted para decirme lo que tengo que hacer? ¿Es usted autoridad acaso? ¿Qué  miércoles le importa lo que haga mi hijo?

Las tres interrogantes emitidas como furioso huayco por torrentera que desemboca en el Chili las habremos escuchado ó emitido incluso muchas veces, por que salen como reacción inmediata a quien osa atacar lo  que consideramos como nuestros estamentos básicos personales, que – para este caso - en realidad son el reducto de nuestras miserias, las que nos mantienen atados a la mediocridad.  Expliquemos un supuesto razonamiento a dichas preguntas por parte del “ofendido padre de familia” y las consecuencias inmediatas que acarrea, en el orden en que figuran, nos hará bien.

1. EL PADRE: Yo soy el único dueño de mis actos buenos o malos. De estos últimos, mientras el afectado no me vea ni reclame, las consecuencias no me interesan. Que las carguen otros si quieren. Yo no soy cojudo. PENSAMIENTO DEL HIJO: Mi padre no se equivoca. Otros sí.


2. EL PADRE: Puedo respetar la autoridad constituida y evidente, pero no por civismo, sino por miedo y temor a perder o comprometer mi libertad a hacer lo que me dé la gana. PENSAMIENTO DEL HIJO: A éste no hay que hacerle caso. Mi padre ha descubierto que no es autoridad y por tanto no tiene valor su opinión.


3. EL PADRE: Los hijos nos sirven de escudo ó cortina de humo de nuestros errores. Acudimos – sabiendo que no es el caso, ocultando nuestro deber  de dar buen ejemplo - al derecho universal de protección a la niñez, “supuestamente” amenazada por extraños. PENSAMIENTO DEL HIJO: Sólo mi padre – nadie más - tiene derecho a enseñarme. Tirar cáscaras en la calle no tiene importancia. Puedo seguirlo haciendo.

 

Como se desprende de los hechos, la formación de individuos carentes de sensibilidad cívica,  viene desde muy temprano. Inevitablemente los niños observarán también los maltratos entre sus padres. Y correrán el riesgo de repetirlos en el futuro, completando un decadente circuito de precaria formación familiar.

 

Como una pálida defensa, si se admite, podemos  sacar a relucir que la necesidad de transgredir, responde a dos rasgos de nuestra condición humana: la curiosidad y la libertad. Y que los riesgos de una prohibición tajante, pueden constituir un desafío a la experimentación, no muy racional por cierto. De todo lo anterior concluimos en la importancia del papel paternal, para obviar caminos errados y enseñar – del modo apropiado – al hijo a no quemar sus alitas ante  las luces engañosas de una falsa libertad.


El buen ejemplo es fundamental, y su búsqueda es meritoria. Martín se ha dirigido – como debe ser - al padre del niño, apelando además de su instrucción, a sus cojones de camanejo. Tal vez hubiera sido aconsejable utilizar una mayor sutileza habida cuenta de lo extremadamente sensibles que somos los cholos cuando otro ciudadano de similar apariencia racial nos quiere enmendar la plana. Pero peor hubiera sido no hacerlo. Martín ya cumplió su parte social. Por tanto, esta es una actitud que merece imitar, mejorando las formas si se quiere. Los characatos – y peruanos -  deben demostrar que la fama de ciudad limpia y ordenada que ostentaba Arequipa no se debía solamente a los recursos que para ese menester dispensaba el antiguo alcalde juliaqueño, sino a una cuestión de permanente cultura de superación de sus habitantes. Y no se piense que mi amigo Martín es santo. A la distancia le conozco dos defectos capitales, aparte de ser camanejo, es Aprista (esto ya no tiene remedio) y para remate es también hincha del Alianza Lima. Nadie es perfecto oiga usted.

eloylima@yahoo.co.uk

arequipeños.jpg
Los characatos – y peruanos - deben demostrar que la fama de ciudad limpia y ordenada que ostentaba Arequipa no se debía solamente a los recursos que dispensaba el antiguo alcalde, sino a una cuestión de permanente cultura de superación de sus habitantes.